jueves, 27 de julio de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo IV.4) - Fin del Capítulo IV

Otavio les guió a través de las infectas calles de Despojos con paso vacilante y mirada atenta, como si temiera una daga traidora aparecer desde cualquier esquina. Lo que teniendo en cuenta el lugar en el que se encontraban, era perfectamente posible. Las tablas de madera naufragada que formaban las inestables calles de esta villa de pecado y violencia que era Despojos crujían bajo sus pasos, y más de una vez tuvieron que darse la vuelta al llegar a un punto en el que la calle se había venido abajo, precipitando la podrida madera que la formaba hacia las aguas unos metros más abajo. Resultaba ciertamente impresionante ver los torpes e inclinados edificios, construidos por manos más acostumbradas a formar embarcaciones que edificios. Todos ellos poseían una innegable cualidad marina, y no sólo porque al menos la mitad tuvieran en una parte u otra de su anatomía (llamar arquitectura al caos que formaba Despojos sería una locura, poseía cualidades mucho más biológicas que artísticas) un mascarón de proa o un mástil sujetando una parte de la estructura, si no por sus formas. Como si hubieran comenzado con la intención de construir una embarcación, y a medio camino hubieran cambiado de idea. Por todas partes se oían gritos y llamamientos de toda índole, a la puerta de casi cada casa una mujer o muchacho con el torso desnudo y apenas unos harapos cubriéndole la cintura se insinuaba de formas nada sutiles, los hombres que se cruzaban tenían el gesto descompuesto a base de cicatrices y mala uva, y al acercarse ellos todos, sin excepción, echaban mano a la cintura donde invariablemente se descubría el brillo de un acero. Según se alejaban de los muelles el terreno se volvía más sólido, las casas más altas y el olor, antes apenas enmascarado por el salitre y los aromas propios del mar, más humano. Es decir, peor. Mucho peor. Tardaron un rato en darse cuenta de que ahora estos tablones no se levantaban sobre roca, si no sobre colonias de mejillones, algas, percebes y toda clase de moluscos marinos que, usando los cimientos de la miserable comunidad pirata, habían formado colonias de un tamaño monstruoso. A menudo veían a niños y chiquillos rebuscando en el arrecife y atrapando cangrejos y marisco que llevar a la cazuela. Los más jóvenes con los pies ensangrentados, los que ya se acercaban a la década de edad con los pies de la misma consistencia que el arrecife sobre el que correteaban. Algunos incluso jugaban a tirar del marrazo, arrastrándolo a tierra y luego soltándolo, o desafiándose unos a otros a ver quién se atrevía a acercarse más. Ilais no pudo dejar de advertir que los más valientes eran a menudo los que menos dedos tenían. Los niños no se acercaban a los adultos, y de hecho los rehuían a conciencia, en ocasiones incluso echándose al agua en una pasarela estrecha. Casi todos ellos tenían marcas o cicatrices de una u otra clase.
  • Es aquí. - dijo el viejo marinero con resignación.
Una botella salió volando por una ventana. Le siguió poco después un hombre. El edificio era el más grande de Despojos, una monstruosidad de tres plantas que sólo los dioses y los locos sabrían cómo podía tenerse en pie. Un tejado a dos aguas coronaba una acumulación de maderas y cables que formaban la anatomía (de nuevo, allí no había ninguna arquitectura de por medio) de aquella afrenta contra las leyes naturales, un monumento a la locura y al caos que se mantenía en pie en base a su propia irracionalidad. Las ventanas aparecían a alturas, formas y disposiciones del todo irregulares, y el marco de la puerta no encajaba con la puerta… una puerta que destacaba poderosamente por ser sin duda algo saqueado de un viejo tesoro, una maciza forma de bronce enteramente cubierta de grabados que parecían representar gente dedicada a toda clase de extrañas y misteriosas actividades. Y sobre todo lo demás, el barullo. Del interior emergía un torrente de sonido, de voces y gritos, discusiones y maldiciones en al menos media docena de lenguas y objetos y sustancias de naturaleza incierta salían volando por las ventanas regularmente (y eso incluía personas, como ya hemos indicado anteriormente).

En definitiva, aquel lugar que se elevaba como una alta torre de imposibilidades, deshechos, violencia y, en general, caos, aislada sobre un pedazo del arrecife particularmente grande, separada de cualquier otra estructura, se sentía como una especie de capilla de cualquier infausta religión a la que las gentes de Tur Ukar pertenecieran, como el reflejo corazón de la villa de las piratas, como su centro y soberano espiritual.
  • Las Puertas de Bronce… o las Puertas de Gaamar, como le llaman los más viejos. - musitó Otavio, como si se mostrara avergonzado de este conocimiento.
  • Es… - empezó Ilais, con el rostro deformado por el espanto.
  • Es… - continuó Henk, con el rostro ensombrecido por la ira.
  • … magnífico. - terminó Flecha, con el rostro sobrecogido en beatífica contemplación.
  • Entremos de una vez… una vez allí, manteneos al margen, intentad no llamar la atención… no debería ser difícil. Yo tengo que hablar con un… viejo conocido.
Siendo conscientes de que no tenían ningún otro lugar al que acudir, y que Otavio parecía tener algún secreto en relación con ese lugar, se resignaron a entrar, Ilais y Henk con pasos pesados y aspecto de funeral, y Flecha dando saltos y frotándose las manos, mientras revisaba que sus dados especiales siguieran en sus bolsillos. Le gustaban más los naipes, pero la vida del camino y la aventura había probado una y otra vez que no era amiga de los mismos. Así que se había resignado a los dados. Cuando entraron vieron una sala redonda (pero desde fuera quedaba claro que la planta del edificio no era redonda), iluminada con lámparas y velas que goteaban aceite, repleta de mesas y sillas y barriles llenos y vacíos. Mozas y mozos de buen ver, todos ellos que no habían alcanzado las veinte primaveras, servían las mesas y se inclinaban sugerentes sobre los oídos de sus clientes, que a veces los rechazaban y a veces los abrazaban. Las monedas, cuartos de cobre, reales de plata e incluso algún brillante soberano de oro corrían libremente por todas partes en medio de aquel maremagnum de manos con dedos de menos, dientes podridos e intenciones aún más corruptas. El techo estaba abierto hasta el último piso, una pasarela subía en espiral, con algunas zonas abiertas y aquí y allá puertas en las paredes de diseño irregular se abrían (o se mantenían cerradas, cualquier cosa en ese caprichoso lugar) hacia habitaciones que no tenían ningún derecho a encontrarse en ese lugar, de acuerdo a las leyes del espacio y probablemente del tiempo. Desde los pisos superiores cortesanas y piratas se entretenían observando el espectáculo de la humanidad a sus pies. En aquel preciso momento el espectáculo consistía en una multitud que rodeaba una enorme y gruesa mesa de madera, lanzando insultos, botellas y golpes con igual generosidad. Lanzaban todas estas cosas sobre un hombre de barba abundante, pecho descubierto por una camisa tristemente echada a perder, que con un taburete en la mano mantenía a raya a las hordas furibundas mientras gritaba con una fuerza tal que aquellos que se encontraban en la trayectoria de sus estentóreos bramidos se veían obligados a retroceder. El hombre furioso se mantenía sobre una pila de hombres inconscientes y sangrantes (la mayoría) y un charco de bebida derramada que sin duda representaba lo más trágico de aquella épicamente vulgar escena.
  • ¡Malnacidos y pordioseros, venid que os parta el cráneo! ¡Por el nombre Largoinvierno y Ator Sangre de Enano, que soy uno y bastante para tanta basura pirata como aquí se junta!
Henk corría ya con los brazos en alto apartando a la multitud como el segador aparta el trigo, un sólo golpe de sus portentosos miembros más que suficiente para lanzar por los aires a uno de aquellos miserables. Flecha le seguía a carcajadas, poniendo zancadillas, soltando mamporros y saltando de mesa en mesa, confundiendo y atormentando a la multitud. Henk, como un titán imparable, no tardó en llegar a la mesa, dónde el hombre furioso le rompió el taburete en la crisma… lo que no le detuvo para subirse a la mesa, a pesar de la gruesa brecha que en su cráneo se había abierto. Se hizo el silencio entonces, un silencio imposible en un lugar que no había conocido el silencio más que cuando el ruido lo ensordecía, mientras Ator miraba confuso el taburete, y luego la cabeza de su repentino oponente, medio metro por encima de la suya propia. La mirada se le iluminó por un momento, y entonces un tremendo puñetazo de Henk lo mandó volando fuera de la mesa sobre otra situada varios metros más atrás, volcándola y derribando las bebidas que en ella se encontraban. Ator sacudió su cabeza un momento, y se echó a reír. Henk, invicto sobre la gran mesa, hizo lo propio, y Flecha los secundaba robando una bebida de una mesa cualquiera.